UNA ESCUELA (¿CUENTO?)

UNA ESCUELA (¿CUENTO?)

José Luis Gómez Toré Eventos, Experiencias Deja un comentario

Érase una vez una escuela de tejado verde y tablones verdes, situada en medio de un valle. Cada vez que cambiaban las autoridades, había obras en la escuela, así que los alumnos ya estaban acostumbrados a que el ruido de las excavadoras ahogara el recitado de los poemas de Bécquer o las palabras del profesor intentando explicar los elementos químicos o la vida de los batracios. Lo raro es que, a pesar de todas aquellas reformas, los mismos problemas se repetían de año en año: había goteras, algunas tablas no encajaban bien y, mientras que algunos ventanales se asomaban a hermosos paisajes, otras ventanas eran tan pequeñas que no dejaban ver bien el mundo.

Un día, los chicos y las chicas de la escuela, junto con sus familias y sus profesores, decidieron ir a la autoridad de turno a pedirle una solución. La autoridad de turno les recibió con muy buena cara (es lo primero que aprende uno cuando se convierte en una autoridad) y les tranquilizó con una amplia sonrisa (la amplia sonrisa es lo segundo que uno aprende cuando alguien aspira a convertirse en autoridad). No tenían por qué preocuparse. A la mañana siguiente, se reunió una comisión de expertos y de gente muy seria para resolver los problemas de aquella escuela. A nadie, por supuesto, se le ocurrió invitar a la reunión a los chicos y chicas del cole, ni a sus familias, ni a los maestros. Para qué molestarse. Para qué molestarlos.

Lo primero que decidió aquella comisión de gente muy lista es que las necesidades que habían presentado los alumnos, junto con sus familias y los maestros, no eran prioritarias. Sin embargo, era evidente que la escuela necesitaba mejorar su aspecto. Por ello, encargaron a un artista de reconocido prestigio una estatua que adornara los pasillos de aquel viejo centro de enseñanza. El monumento estuvo a la altura de las expectativas, aunque hubo que aumentar el presupuesto cuando el artista insistió en que la estatua debía incluir una fuente con un hermoso surtidor en medio. Como explicó el afamado escultor, la piedra representaba la solidez de las creencias tradicionales mientras que la fluidez del agua simbolizaba la flexibilidad del mercado laboral, a la que los alumnos debían irse acostumbrando desde sus más tiernos años. Fue una pena, pero para erigir tan magnífica obra de arte hubo que demoler la biblioteca (que, de todas formas, resultaba un atraso en plena era digital), parte del aula de música y una buhardilla en la que se refugiaba un profesor de Filosofía, uno de los últimos de su especie. El pobre tuvo que irse de allí con viento fresco, como hace, según dicen, la lechuza de Minerva al atardecer.

La segunda medida iba destinada también a hacer de aquella escuela un lugar más bello y habitable. Por ello, cubrieron la anticuada pintura verde con un hermoso gris metalizado, mucho más moderno.

La tercera medida no se hizo esperar. La escuela estaba adornada con carteles en los que se leían palabras como “IGUALDAD”, “DEMOCRACIA” “OPORTUNIDADES” o “CULTURA”, aunque algunos de aquellos rótulos aparecían en lugares tan poco concurridos que a menudo pasaba mucho tiempo sin que nadie se diese cuenta de que estaban allí. La comisión consideró que aquellas palabras no estaban a la altura del progreso y las cambió por otras más actuales como “ÉXITO”, “COMPETITIVIDAD” o “EMPRENDIMIENTO”. Se ordenó, asimismo, que al menos la mitad de los carteles estuvieran en inglés para intentar compensar la irresponsabilidad de algunos padres que no se habían puesto a transmitir la lengua de Shakespeare a sus hijos desde el seno materno, como recomendaban los últimos estudios. Se creó otra nueva comisión para discutir si algunos carteles debían escribirse en chino mandarín en respuesta a las exigencias de la nueva economía. Una tercera comisión se encargaría de proponer nuevas siglas como FPB, PMAR, … cuanto más incomprensibles mejor, con el objeto de que todos vieran lo mucho que se estaba haciendo por mejorar la educación. Por supuesto, cada nueva comisión fue dotada con una generosa dotación económica.

Por último, se decidió implantar un costoso sistema informático que asignó a cada alumno y a cada escuela un número para que, desde el primer momento, todos aprendieran a competir entre sí. Por ello se diseñaron también numerosas pruebas, que recordaban a una carrera de obstáculos, para que los chicos y las chicas comprendieran que la vida no era un camino de rosas, que había que estar preparado para afrontar el éxito o el fracaso.

Las autoridades contemplaron su obra con la satisfacción del deber cumplido. Solo quedaba poner una placa conmemorativa, que se colocó a su debido tiempo. Lástima que, con tantos gastos, ya no quedara dinero para responder a las pequeñas demandas de las familias, de los alumnos, de los profesores, que, de todas formas, no parecían tener mucha idea de lo que realmente necesitaban. Así, la escuela siguió con sus goteras, sus tablones que no encajaban bien y con algunas ventanas demasiado pequeñas para poder mirar el mundo.

(Texto escrito para el acto a favor de la escuela pública celebrado en Torrelodones el 9 de octubre de 2016)

Sobre el autor

José Luis Gómez Toré

JOSÉ LUIS GÓMEZ TORÉ es escritor y profesor de Lengua Castellana y Literatura. En 2015 aparecieron sus dos últimos libros publicados, Un corte que no sangra (poesía) y El roble de Goethe en Buchenwald (ensayo). Para un público infantil escribió la obra teatral Lluvia pregunta por el Sol. Para más información, puede consultarse su blog: poesiaintemperie.blogspot.com.es.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *